Aquí está Jaime II, el hombre tranquilo y soñador.
Disturbado solo por el incesante martillo neumático de los alrededores que hacen temblar su morada temporal, por el incesante toqueteo de las persona “allegadas” y de los flashes de los orientales curiosos de sus muecas y rasgos occidentales.
Menos mal que tiene un continuo e incesante aporte de calor-amor que le proporciona su madre que le dio la vida y que parece crearle un caparazón inmune a todo y a todos.
Larga vida y salud.
